No he de pedir sino lo que merezco,
y he de pediros cuanto yo deseo;
igualo el merecer con el deseo
y entiendo bien con esto a que me ofrezco.
Así lo digo, y no me ensoberbezco,
ni en palabras hinchadas me rodeo;
antes según yo de esto siento y creo,
de sola la verdad me favorezco.
No quiso Dios dar bien no merecido,
y así nos dio con que se mereciese;
el alma os doy, y os doy lo que es posible;
¡y ojalá yo, señora, más pudiese!
Con esto, pues, merezco lo que pido,
hasta donde comienza lo imposible.