De una mortal y triste perlesía
en su cama tendida mi alma estaba,
y como el mal los nervios la ocupaba,
ni de mis pies ni manos se valía.
El casto Amor, que Dios del cielo envía,
le dijo en ver la pena que pasaba:
«¡Suelta tus pies, tus manos te destraba,
toma tu lecho a cuestas y haz tu vida!»
Volví luego a mirarme y me vi sano,
y caminé sin rastro de dolencia
por las cuestas así como en lo llano.
¡Oh poder eternal y soberano!
¿Quién sanará con propia diligencia
si la salud no da tu larga mano?