A mi gran mal, grande esperanza crece
por las mudanzas que del mundo entiendo.
Con este pensamiento me defiendo,
o a lo menos así me lo parece.
Si en su dolor el alma se entristece,
con ira o blandamente la reprendo;
ella entre sí mi voz está siguiendo,
y así también se ensaña o se enternece.
Pues si es así, y es de ambos la caída,
¿cuál dará a cuál, al levantar, la mano,
si nadie pasa que ayudarnos quiera?
Veo venir de lejos por lo llano
quien tiene fin a descansar mi vida,
y en alta voz me dice: «Espera, espera».