Querélleme de vos, señora, cuando
de vuestras artes fui tan ignorante
que me engañaba en ver vuestro semblante,
vuestro ser por el gesto imaginado.
Andúveme después desengañado,
y vi, en lo que de vos me vi delante,
que vuestro uso y natura es la culpante
que ya vos sobre vos no tenéis mando.
Así que ahora no hay de qué quejarme;
mi derecho y mis quejas han parado,
pues vos no tenéis ya de qué pagarme.
No he de ser yo de seso tan menguado
que del fuego, en el cual fui a quemarme,
quede quejoso en ver que me ha quemado.