Gigante fui del mar, fuerte, y valiente,
ceñido de cristales, y de arenas,
que la flaqueza no conocí apenas,
y serví al Gran Monarca de Occidente.
Me dio, por mi desdicha, un accidente,
y manos de infernal codicia llenas,
desangrando me han todas las venas,
y mi fallecimiento es evidente.
Un esqueleto soy lánguido, y flaco,
macilento, atenuado, débil, frío,
un pálido cadáver todo yerto:
De el pecho fiel la voz apenas saco,
perdí las fuerzas, el valor, el brío,
y sino hay un milagro, yo soy muerto.