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1822–1882

El álamo blanco

José Selgas y Carrasco

Mientras el aura del ardiente estío derramaba con fuego fatigado sobre la mustia majestad del prado del alma aurora el virginal rocío,

besando el agua del raudal umbrío, a la sombra de un álamo apartado, oyó que así en murmullo sosegado decían el árbol y el sonoro río:

-Si el céfiro de abril huyó ligero, ¿qué espíritu divino te alimenta y hace perpetuo tu verdor primero? -Yo presto sombra cuando el sol calienta,

rasgo del aire el torbellino fiero y el bien que hago mi verdor sustenta.

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