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1847–1904

Ecos

José de Velilla

Con lágrimas ardientes, niña mía, de mis venturas las memorias riego, entre cenizas apagado el fuego que en otras horas por mi bien ardía

Trocadas la ilusión y la alegría, mi corazón enamorado y ciego, en triste paz, en lánguido sosiego, no volverá a latir como solía

¡Y pides hoy para adornar tu palma, un eco de mi lira desprendido! ¡Oh, deja, deja que repose en calma! A tu súplica, al fin, ha respondido:

respondió con el eco de mi alma, y el eco de mi alma es un gemido.

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