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1826–1867

La muerte de la bacante

Joaquín Lorenzo Luaces

Erigone, en desorden la melena, de Venus presa con ardor salvaje, oculta apenas en el griego traje los globos de marfil y de azucena.

El seco labio, que el pudor no frena, del lienzo muerde el tempestuoso oleaje, y rasgando el incómodo ropaje, besa y comprime la tostada arena.

Ebria de amor, frenética de vino, en torno extiende la febril mirada, mal tendida en las piedras del camino. Y al contemplarse sola, despechada

se oprime el pecho, con rumor suspira, cierra los ojos, y gozando expira.

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