Dulcísima tormenta del sosiego,
enigma de los ojos ignorado,
norte sin luz, que sigo derrotado,
tomando las alturas por el fuego.
Pues te permites a la voz, y al ruego,
desemboza el misterio venerado:
sin la duda mi amor es ya cuidado,
y sin la sombra vivirá más ciego.
Mas no, no se descifre tu belleza,
beba el veneno yo por los oídos
en esta inquieta procelosa calma
Y aspire a ser eterna mi firmeza,
que amor que se engendró sin los sentidos,
ha de nacer muy parecido al alma.