Si el justo desear, padre Silvano,
jamás pudo moverse entre pastores,
si del rabioso mal de los amores
el corazón salvaje has hecho humano,
ruega el numen celeste que la mano
de su piedad extienda a los clamores
que Dórida le hace, en los ardores
de una fiebre cruel, llorando en vano.
Si alcanzo de los dos tanta ventura,
vuestra gloria será más verdadera,
y más para sufrir mi desventura.
Y cuando lo contrario el hado quiera,
no perezca, señor, tal hermosura:
menor mal es que yo en su lugar muera.