Al tiempo que Leandro vio la estrella,
dulce farol del alma suya y muerte,
que Hero puesto había por la suerte
para él tan desdichada y para ella,
el pecho puso al agua, que era vella
espanto, en su tormenta tanto fuerte.
«No quieras -dice-, ¡oh mar!, embravecerte.
Aplaca, ¡oh dios Neptuno!, el furor de ella.»
Mas poco rato va su luz siguiendo,
y siempre con las olas peleando,
alzó su flaca voz, triste, muriendo.
«¡Oh Hero y alma mía! -iba diciendo-,
no canses tu deseo, y desperando,
despídome de ti, para ti yendo.»