El que de ardiente ceguedad regido
en alas de su llama apresurado
iba a ser sacrificio de su agrado
muy de la parte estaba de su olvido.
Como del incendioso arpón herido
de sí desconocido en su cuidado
reconociese en un cristal helado
y a su vergüenza espejo fue advertido.
Vio la azucena presidiendo al hielo
por casta de sí misma coronada
nevando el aire de fragancia preso.
Honestose a su luz, o luz del cielo
que con hielo encendiste el alma helada
y helaste con ardor la llama impresa.