Un día llegará tal vez cercano,
en que mi pobre espíritu abatido,
por el dolor o la vejez rendido,
se postre ante tu rostro soberano.
¡Perdónale, Señor! Si fue liviano,
mísero pecador empedernido,
humillado a tus pies y arrepentido
no ha de implorar tu compasión en vano
¡Perdónale, Señor! Desde la alteza
donde, Rey de los reyes, erigiste
la eterna majestad de tu grandeza
Perdónale, Señor: víctima triste
de la vil condición y la flaqueza
de esta carne mortal ¡que Tú le diste!