Siento que el peso del dolor me oprime:
mi cuerpo, cual mi espíritu, vacila,
y mi vida, antes plácida y tranquila,
inquieta lucha y fatigada gime.
Aun la muerte, Señor, no me redime
del hondo malestar que me aniquila;
mas bruñe y templa y sin piedad afila
el corvo acero que implacable esgrime
Ella vendrá, callada y a deshora,
como ladrón que de improviso hiere
al torpe, descuidado caminante
¡Feliz quien, al lucir la eterna aurora,
cuando la carne corrompida muere,
eleva el alma en ascensión triunfante!