Adoro, aunque te pese, Galileo,
el pan que muerden tus rabiosos dientes;
adoro al que, en mortaja de accidentes,
vivo en la muerte que le diste veo.
Adoro a Cristo y sus preceptos creo,
aunque de enojo y cólera revientes;
espérenle, si quieren, tus parientes,
que yo en el sacramento le poseo.
Mas ya que en muerte ignominiosa y fiera,
tus padres le abrieron el camino,
no le persigas en el pan siquiera;
pues en tu boca, a lo que yo imagino,
no le tomaras nunca si él hubiera,
no quedándose en pan, sino en tocino.