El ídolo purísimo que adoro,
deidad al mundo y en el cielo diosa,
ya condolida de la dolorosa
vida que paso, de continuo lloro;
el ébano, marfil, nieve, astro, oro,
la púrpura, coral, jacinto y rosa,
pasando por mi vida deseosa,
de envidia mata del Olimpo el coro.
Yo, que de la visión divina y rara,
cual nunca vieron ojos soberanos,
a no dudar de su deidad aprendo,
si yerro en adorar su lumbre clara
desengáñame amor, que con humanos
ojos por bien mi solo engaño atiendo.