Ofrece amor a mis cansados ojos,
por sustentar la guerra rigurosa,
eterno mal del alma dolorosa,
la causa celestial de mis enojos.
Con cuyos encendidos rayos rojos,
traspasando mi vista deseosa,
hasta donde su propio ser reposa,
furiosa rinde todos mis despojos.
Y en lo secreto de mi pecho puro
-templo a su simulacro consagrado-
de las vencidas prendas le rodea.
El alma confiada del seguro
que su firmeza tiene asegurado,
adora en sí su celestial idea.