Al asomar del Sol por el Oriente
de oro su frente y de cristal ornada,
al pie de un verde mirto, que colgada
tiene un alira inútil aún ausente,
Tirsis rompió el silencio, la doliente
voz desligando al alma encadenada
de los revueltos Áspides, que atada
tiene la fuerza de su pecho ardiente.
Cielo, dice, si es fuerza que yo muera,
como a muchos han muerto sus intentos
atrevidos, sin nombre y engañados,
un hombre triste soy como cualquiera;
pero los de tan altos pensamientos
siempre han sido del cielo derribados.