Santa madre de amor, que el yerto suelo
vistes de los colores del Oriente,
sereno el cielo y quieto el viento ardiente,
rota la nieve y desligado el hielo,
mientras al descubierto y raso cielo
pacen sus vacas hierba floreciente,
Tirsis, pastor de toros, útilmente
te esparce aquellas flores sin consuelo.
Y cuanto puede te suplica y ruega,
con la voz y el espíritu cuidado,
que entienda el cielo su dolor estrecho.
Que Filis, por quien vive apasionado,
no le aborrezca tanto y de esta ciega
ligadura de amor lo libre el pecho.