Noche, que en tu amoroso y dulce olvido
escondes y entretienes los cuidados
del enemigo día; y los pasados
trabajos recompensas al sentido.
Tú, que de mi dolor me ha conducido
a contemplarte, y contemplar mis hados,
enemigos ahora conjurados
contra un hombre del cielo perseguido:
así las claras lámparas del cielo
siempre te alumbren, y tu amiga frente
de beleño y ciprés tengas ceñida.
Que no advierta su luz en este suelo
el claro Sol mientras me quejo, ausente,
de mi pasión. Bien sabes tú mi vida.