Dichosa tú, que de las rubias mieses
miras alegre el anual tributo,
y mides sus cuidados con el fruto,
sujeto a la inclemencia de los meses.
No te permite tu quietud, que peses
el justo miedo del tirano astuto;
ni el mar es puerto con semblante enjuto
la parda arena agradecido beses.
¡Que sin lisonja te obedece el prado!
¡Que sin mentir sus líquidos cristales,
tu sed animan, y tus flores riegan!
Venero el beneficio de tu arado,
que no se da por manos desleales,
que al propio dueño su trabajo niegan.