Donde quiera que voy llevo conmigo
este desvío, que jamás me deja;
y contra lo que el tiempo me aconseja,
llevo en el alma cómplice, y testigo.
Mas no puedo llamarle mi enemigo;
porque este bien, que con razón me aleja,
es procurado, del deseo queja,
y es conseguido, queja del castigo.
No hay suerte, ni contraria, ni oportuna,
por que el brazo de Dios, constante y fuerte,
no le dejó el suceso ver ninguna.
Con esto se camina hasta la muerte,
y entre esta presunción de hado, y fortuna,
sólo en morir hay buena o mala suerte.