Estaba el Sol en la mitad del cielo,
y el día en la mitad de su jornada,
y Filida a la sombra recostada
de un álamo, que baña un arroyuelo.
Miró el cristal, que fue en Diciembre hielo,
ya plata errante libre, y desatada;
que no despierta su quietud cansada
las mudas aves, ni el florido suelo.
Si ya rompiste, dijo, las prisiones,
alegre arroyo, en el que invierno triste
el lustre encarceló de tus vellones,
muy bien podré esperar, pues le venciste,
(aunque en prisión de amor, y sin razones)
que rompa yo, lo que romper pudiste.