Temprano entraron, porque el Rey no aguarde,
con cien lacayos de oropel, y estraza,
ciertos señores a ensuciar la plaza,
y hacer de un buen rodar vistoso alarde.
Otro torero entró, pero más tarde,
que lanza empuña, y que rocín embraza;
y viendo, que la suya le embaraza,
al toro le pidió, que se la guarde.
Y aunque armada de Illana, y Valdemoro,
desbarató la guarda la primera,
sudando vino, y miedo cada poro.
A un Tudesco llenó la braga entera,
y la Guarda quedó, mirando al toro,
amarilla por dentro, y por defuera.