Detente, aguarda, presumida Rosa,
y en la piedad de Mayo no confíes;
porque esas hojas, donde ahora ríes,
en él serán tu perdición hermosa.
Ni es bien, que tu belleza generosa,
burlada, y libre a su lisonja fíes;
y a fuerza de ambición romper porfíes
el defendido seno en que reposa.
No te valdrá después tu armado muro,
porque domina igual el tiempo cano,
al claro estío, y al invierno oscuro.
Y el verdor más lucido, y más ufano,
cuando pensó que estaba más seguro,
huyó al invierno, y le abrasó el verano.