Gracias al cielo venerable Tajo,
que beso las arenas de tu orilla,
pisando ya los campos de Castilla
con más sosiego, y con menor trabajo.
Sin ver, que bese el intratable bajo
del corvo pino la ofendida quilla
y que con indolente maravilla
se arroje el Ebro de la esfera abajo.
Entre estos, otro tiempo, verdes sotos,
y ahora estéril selva fatigada,
del cano peso de la escarcha, y nieve.
Ni envuelto miro el mar con leños rotos,
ni por ver la tormenta sosegada,
pagar el miedo lo que el seso debe.