Ardiendo el oro entre la llama roja,
con tanto lustre suyo se fatiga;
que alegre, y blando la violencia amiga
de sus imperfecciones le despoja.
Y en otro fuego, con mayor congoja,
la eterna Providencia al justo obliga,
que el modo exceda, aunque el ejemplo siga,
cuando la culpa en el incendio arroja.
¡O dulce padecer tormentos tales!
¡O pureza de yerros separada,
que sólo Dios alcanza a conocerla!
Por más que gloria os tengo, alegres males,
pues la corona al cielo reservada,
es más que conseguirla, merecerla.