De un monte baja un río despeñado,
al son de lisonjeros ruiseñores,
y en blando lecho de pintadas flores
recibe el huésped fugitivo el prado.
Corriendo llega al valle coronado
de ramas, y guirnaldas de colores,
y en él sus aguas sin crecer mayores,
le dejan en el Tajo sepultado.
Si el claro río su caudal entrega
el agua, que nació de un monte verde,
dichoso mira el fin de la jornada.
No así mi vida, que a tu engaño llega,
ingrata Filis, y su nombre pierde,
a sólo destruirse encaminada.