Fabio, ni la codicia, ni la suerte
te pueden dar el público deseo,
ni el justo honor del más debido empleo,
cuando el poder en tu favor acierte.
Que puede la fortuna concederte,
que iguale a la virtud, y al gran trofeo
de haber compuesto el interior Proteo,
rebelde hasta en los brazos de la muerte.
Nace el favor de aprobación ajena,
expuesta a los peligros del engaño,
que erradas elecciones solicita.
Mas la quietud, que el ánimo serena,
con un divino, y fuerte desengaño,
sin ajenos favores se acredita.