Surcó mi engaño de extranjeros mares
las aguas, los peñascos, las arenas;
lisonjas apacibles de Sirenas
burlaron breve tiempo mis pesares.
Salí de la prisión de sus cantares,
y en vez de dar al templo las cadenas,
compuse, lastimado de mis penas,
al dulce error sacrílegos altares.
Vine con más descanso entretenido,
por ocio negligente, o por costumbre,
con prendas del engaño en que vivía.
Mas ya las puertas abre mi sentido,
y no merece ver tu hermosa lumbre
el ciego triste, que aborrece el día.