Miraba Fabio en un reloj de arena
de la muerta Lucinda las cenizas,
las blancas manos, y las trenzas rizas,
olvido triste, y afrentosa pena.
Miró la suya en la desdicha ajena,
y dijo: ¿Qué beldad no atemorizas,
cenizas que inconstante solemnizas,
al ser, que a su inconstancia te condena?
¡O no excusado golpe de la muerte!
Pues corta siempre con la misma espada;
la dulce vida, y la amorosa suerte;
que fingiendo conformes su jornada;
cuando la vida en polvo se convierte,
queda el fuego de amor ceniza helada.