La Luna roba la prestada lumbre,
con que el claro Planeta alumbra el suelo,
cayendo las estrellas desde el cielo,
y negras sombras desde el alta cumbre.
Mi loco sueño vuelve a su costumbre,
cubriendo el corazón con negro velo,
y yo triste durmiéndome desvelo,
forzado de mi grave pesadumbre.
Sube el vapor del pecho, que se abrasa,
revuelve de Proteo la memoria,
mostrando ahora el bien, ahora el daño.
Y en este error que soñoliento pasa,
temiendo el fingimiento de su gloria,
no gozó de los bienes del engaño.