Cuál nunca osó mortal tan alto vuelo
subir o quién venció más su destino,
mi clara y nueva luz, mi sol divino,
que das y aumentas nuevo rayo al cielo,
cuanto el que pudo en este bajo suelo
-¡oh, estrella amiga!, ¡oh, hado peregrino!-
los ojos contemplar, que, de contino,
engendran paz, quietud, guerra y recelo...,
bien lo sé yo, que Amor, viéndome puesto
do no sube a mirar con mucha parte
olmo, pino, ciprés ni helado monte,
de sus ligeras alas dióme presto
dos plumas y me dijo: «Amigo, guarte
del mal suceso de Ícaro o Faetonte».