¡Oh calor de la siesta filipina,
calor de corazón, calor de fragua,
en que hierve en la copa cristalina,
con temblores estuosos, hasta el agua!
Una suave molicie que alucina
irrumpe en nuestra carne, y la cabeza,
como agobiada de sopor, se inclina
florecida de rosas de pereza.
Hay como una decadencia en las pupilas
húmedas de pasión, y mientras fiera
la luz solar sobre las cosas arde,
beben las almas graves y tranquilas
el vino del Ensueño y la Quimera
en el cálido vaso de la tarde....