Ya siento el dulce espíritu de la aura,
que mansamente murmurando aspira;
ya veo el puesto a donde amor me tira,
y a do su muerta llama el fuego instaura.
¿Cuál amador de Cintia, o Delia, o Laura
temió más el desdén, la ardiente ira,
que yo la Luz que tiernamente mira
mi mal, y de la pena me restaura?
Como al que espantó el rayo con el trueno
y lumbre, que aun le queda a la memoria
el alto estruendo del terror pasado;
tal yo, que estuve triste y siempre lleno
de males, huyo en muestras de mi gloria,
temiendo el bien que no esperé, engañado.