Rompió la prora en dura roca abierta
mi frágil nave, que con viento lleno
veloz cortaba el piélago sereno
y a pena escapo de la muerte cierta.
Afirme el pie yo en tierra, que la incierta
onda del mar no me tendrá en su seno,
ni de mí me podrá traer ajeno
vana esperanza de salud desierta.
Si la sombra del daño padecido
puede mover, Filipo, vuestro pecho,
huid surcar del Ponto la llanura,
y creed que en el golfo de Cupido
ninguno navegó, que al fin, deshecho,
no se perdiese falto de ventura.