Tú, que del sacro imperio de Occidente,
Francia, fuiste cabeza, y del cristiano
valor, mísera ya, el orgullo insano
pierde, y humilla al fin la yerta frente;
no tientes del ibero pecho ardiente,
siguiendo el odio ciego del tirano,
mas el poder y esfuerzo soberano;
que a injusta empresa el cielo es inclemente.
¿A do huyó el deseo que tenías
de imitar piadosa las hazañas
del grande Carlo y fuerte Godofredo?
Mas, oh mezquina, en impío error porfías,
y enciendes fiera el fuego en tus entrañas,
y corres a tu muerte ya sin miedo.