Aura mansa y templada de Occidente,
que con el tierno soplo y blando frío
halagas el ardor del pecho mío,
¿qué espíritu te mueve vehemente?
Ni Euro espira ni Austro suena ardiente
en el furor más grave del estío,
y tú abrasas el verde prado y río
cual el suelo africano el sol caliente.
Mas ¡ay! tú te encendiste en mi Luz bella,
y enemiga del bien de mi ventura,
abrasaste las ondas y las flores.
Cesa aura, no me enciendas más, que en ella
ardo siempre y me abraso en llama pura;
¡ah! no añadas más fuego a mis ardores.