Alcé la vista acaso, descuidado
de mi futuro afán y cierta pena,
destejida del cuello la cadena,
que me trajo en mil males enredado;
y queriendo mirar ¡ay duro hado!
el puro ardor de aquella Luz serena,
en quien amor me inflama y me condena
y con sus flechas vibra el arco armado,
sus ojos en los míos se encontraron,
y con la fuerza de su fuego el pecho
sintió la aguda vira en las entrañas,
que no livianamente me abrasaron,
y el golpe fiero descendió derecho
a mostrar en mi alma sus hazañas.