Fría ceniza de mi ardiente fuego,
y rotas hebras de mal firme nudo
que me enlazó, de cuitas ya desnudo,
vos miro alegre y libre en mi sosiego.
No es este el tiempo, no, en que anduve ciego,
ni la ocasión que así perderme pudo;
que contra el mal embraza el fuerte escudo
razón, y el feudo antiguo ya vos niego.
La luz pura, en mi oscura niebla abierta,
me descubre el error que proseguía,
y lleva osando por el paso estrecho.
Muerto el deseo, y la esperanza muerta,
y sin fuerza vosotros, ¿qué porfía
vos mueve a molestar mi duro pecho?