De aquella ardiente luz y ardor luciente,
en quien los ojos abre el amor ciego,
centellas de suave y blando fuego
vuelan con alas de oro dulcemente.
Unas llegan al orbe, a do presente
Venus, estrellas puras forma luego,
que le ornan más, errando en bello fuego,
que el Héspero hermoso al Occidente;
Mas otras, descendiendo por mi suerte,
para darme valor al tierno pecho,
lo abrasan, condenado a eterna pena.
Yo pido, por envidia de mi muerte,
que en este corazón, de amor deshecho,
todas pongan mi alegre luz serena.