Ojos en quien me espíritu respira
tal vez, ardiendo en lúcidas centellas;
ojos no, mas purísimas estrellas,
rayos que el sol menor celoso mira;
rico puesto, a do sólo amor espira,
dichoso en las eternas luces bellas,
y sus llamas afina, y templa en ellas,
siempre fiero y cruel, la aguda vira;
no alcanza nombre alguno a la belleza
vuestra; y así, no digo cuánto siento,
que tanto bien no acabe en voz humana.
Baste que para osar a vuestra alteza
vos llame ¡oh dulce causa a mi tormento!
ojos de mi sirena soberana.