Alzo ligeras alas al deseo,
sigo el bello esplendor de mi alegría,
hállolo reluciente en la osa fría,
y desespero el bien que más deseo.
Suspenso en un incierto devaneo,
que mi esperanza cansa y mi porfía,
digo: «¿Por qué, serena Lumbre mía,
leda en estéril parte arder vos veo?
Llevar debía el céfiro victoria.
Siempre de vuestra llama esclarecido,
al euro ufano, que con él contiende:
mas ¡oh! que el cielo causa mi gemido
por honrar gente indigna de memoria.
Que el sol con tibio rayo apena enciende».