Dulces contentos míos ya pasados,
que sostuve en error de mi esperanza,
lo que vuestro recuerdo más alcanza
es dolor de mis días mal gastados;
porque, envuelto en deseos y cuidados,
me consumo llorando la mudanza,
y Amor, que reconoce su venganza,
mis daños me descubre renovados.
¿Qué puedo yo si ausente me condeno,
sino sólo al olvido y niebla fría
esta memoria ingrata rendir muerta?
Mas. ¡ay! que tiene el corazón, ajeno
de bien, presente siempre la Luz mía,
y ofrece en cierto mal su gloria incierta.