¡Oh soberbia y cruel en tu belleza!
Cuando la no esperada edad forzosa
del oro, que aura mueve deleitosa,
mede en la blanca plata la fineza,
y tiña al rojo lustre con flaqueza
en la amarilla viola la rosa,
y el dulce resplandor de luz hermosa
pierda la viva llama y su pureza,
dirás, mirando en el cristal luciente
otra la imagen tuya: «Este deseo
¿por qué no fue en la flor primera mía?
¿Por qué ya que conozco el mal presente,
con esta voluntad con que me veo
no vuelve la belleza que solía?»