Pues cubre el orbe en asombrado velo
la negra oscuridad, y las estrellas
miran, errando en torno en formas bellas,
dudosas el desierto y hondo suelo,
tú, noche, a quien mis lástimas revelo,
y al gemido respondes triste de ellas,
oye mi mal, atiende a mis querellas,
así a ti sola sirva el vago cielo;
que no quiero que el día vea el llanto
de estos ojos mezquinos; que en tal pena
no conviene la luz al dolor mío.
Escucha tú, que del color el manto
de mis venturas tienes, ¡oh serena
noche! mi queja en tu silencio y frío.