Grande fue, aunque infelice, tu osadía,
que por guiar ¡oh hijo de Climene!
El carro en que gobierna solo y tiene
Febo el vivo esplendor que ilustra el día,
del fiero rayo muerto en yerta vía,
Eridano en sus ondas te sostiene;
gloriosos sepulcro, cual conviene
a tu alto corazón y a tu porfía.
Yo, que cuidé estrenar la pura lumbre,
y de mi sol regir los cercos de oro,
dichoso Automedón, con diestra suerte,
caí, abierto el pecho, de la cumbre,
y perdí, no la vida, el bien que lloro;
que en tal mal fuera el bien hallarla muerte.