Cuidé yo de tus lazos y tu fuego,
mal grado de tu saña, Amor tirano,
librarme, y fue mi pensamiento vano,
que tú no me sufriste algún sosiego.
Tenté de tus engaños, rudo y ciego,
escaparme, y huyendo en campo llano,
vine a caer, oh mísero, en tu mano,
que tarde se conmueve a tierno ruego.
¡Cuánto, decía entonces, fortunado,
es quien se te defiende, señor fiero!
¿Mas quién, fiero señor, se te defiende?
¡Ay! que todo es esfuerzo imaginado,
que tu fuerza deshace el fuerte acero
y tu ingenio al más cauto engaña y prende.