Tras la bermeja Aurora el Sol dorado
por las puertas salía del Oriente,
ella de flores la rosada frente,
él de encendidos rayos coronado.
Sembraban su contento o su cuidado,
cual con voz dulce, cual con voz doliente,
las tiernas aves con la luz presente
en el fresco aire y en el verde prado.
Cuando salió bastante a dar Leonora
cuerpo a los vientos y a las piedras alma,
cantando de su rico albergue, y luego
ni oí las aves más, ni vi la Aurora;
porque al salir, o todo quedó en calma,
o yo (que es lo más cierto) sordo y ciego.