¡Oh, cómo vuela en alto mi deseo
sin que su osadía el mal fin tema!
Que ya las puntas de sus alas quema
donde ningún remedio al triste veo.
Que mal podrá alabarse del trofeo,
si estando ufano en la región suprema
del fuego ardiente, en esta banda extrema
cae por su siniestro devaneo.
Debía en mi fortuna ser ejemplo
Dédalo, no aquel joven atrevido
que dio al cerúleo piélago su nombre.
Mas ya tarde mis lástimas contemplo,
pero sí muero, porque osé, perdido.
Jamás a igual empresa osó algún hombre.